Imagen: JJ Harrison, Wikimedia Commons

Muchas personas se estremecen ante la idea de que una araña suba por su brazo o una serpiente se deslice por su pie, y un nuevo estudio fascinante muestra que en realidad podemos nacer con este miedo.



Los científicos del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y Cerebrales Humanas estudiaron la respuesta del cuerpo a estas criaturas en un grupo de edad menos influenciado por factores ambientales: los bebés. El objetivo de este nuevo estudio fue determinar si los humanos nacen con un miedo inherente a las serpientes y arañas o si se desarrolla a medida que envejecemos.



Los investigadores evaluaron a cuarenta y ocho bebés de seis meses. Los bebés fueron sostenidos en el regazo de sus padres y los padres recibieron anteojos para que sus respuestas fisiológicas no influyeran en las de sus hijos. A los bebés se les mostró una imagen de una serpiente, una araña o un objeto benigno como un pez o una flor.

Imagen: Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y Cerebrales Humanas

Los bebés mostraron una respuesta de estrés cuando se les mostraban imágenes de serpientes o arañas: pupilas agrandadas, a diferencia de cuando se les mostraban imágenes de peces o flores. Las pupilas dilatadas indican actividad en el cerebro dentro del sistema noradrenérgico, que se correlaciona con el estrés.



Las arañas y las serpientes han coexistido con los humanos durante más de 40-60 millones de años, lo que atribuye la posibilidad de que un miedo evolutivo se haya incrustado en el cerebro.

“Concluimos que el miedo a las serpientes y arañas tiene un origen evolutivo. Al igual que los primates, los mecanismos de nuestro cerebro nos permiten identificar objetos como 'araña' o 'serpiente' y reaccionar a ellos muy rápido. Esta reacción de estrés obviamente heredada a su vez nos predispone a aprender que estos animales son peligrosos o repugnantes '. estados Stefanie Hoehl, investigadora principal del estudio.

Pero, ¿qué pasa con los entusiastas de las arañas? Una teoría que podría explicar la discrepancia entre los ávidos cuidadores de mascotas y aquellos con aracnofobia intensa es que sus actitudes se aprenden a medida que envejecen.



El estudio completo se publica en Fronteras en psicología .